¿POR QUÉ HACEMOS LOS QUE HACEMOS?

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Por alguna razón, abundan los momentos en los que me veo rodeada de profesionales del ámbito social en mi vida personal. A priori, podría parecer de lo más normal porque compartimos situaciones a diario, pero indagando en las razones por las que pasa, me sorprendo a mí misma descubriendo que aquí los corazones laten bien fuerte, esta gente brilla con otra luz.

Hay días en que lidiamos con las mayores tormentas emocionales inimaginables, es sabido que vivir no es fácil. Todas las personas sin excepción enfrentamos problemas que nos abruman y empequeñecen por momentos, a la vez que nos invitan a superarnos y nos brindan la oportunidad de aprender y desarrollarnos. Esto no es tarea sencilla, pero la razón para que todas se dedican en cuerpo y alma a acompañar a otros a superarse mientras ellas mismas lo hacen es clara, irrepetible, motivante, realizadora y de una belleza incalculable.

Las personas con las que trabajo a diario son diversas, de la misma manera que todas las demás. Quizá, la diferencia que el mundo señala en su caso, esté relacionada con lo inaudito que nos resulta que alguien no pueda manejar con destreza una cuchara, que no sepa cuánto dinero tiene que darle al camarero para pagar un café, que el tiempo no tenga importancia para ellos o que regalen grandes carcajadas a destiempo. Estas situaciones sorprenden al mundo, pero si dedicas el tiempo necesario para conocerles un poco, te das cuenta de que lo realmente inaudito es su envidiable sencillez, la manera tan sincera con la que interactúan con el mundo, aunque el mundo no lo entienda, su capacidad de adaptación a los cambios, que no se vislumbre en ellos un atisbo de hipocresía o rencor, la confianza que sin más brindan a los demás y, sobre todo, su enorme capacidad para disfrutar y ser feliz.

Si me paro a pensar en las sonrisas de ilusión y alegría que han alimentado mi trayectoria profesional en los últimos diez años, entiendo por qué hacemos lo que hacemos. Sabemos que lo que nos hace brillar y alimenta nuestros corazones son las personas con las que trabajamos, las mismas que plantean su propia manera de crecer y nos permiten caminar a su lado mientras lo hacen, es un honor poder hacerlo.

Ha pasado un tiempo desde que viví un punto de inflexión en mi vida, probablemente el más definitorio de quién soy en este momento. Durante mi adolescencia, el destino caprichoso en forma de amigos que conservo, me puso por delante un curso de monitora de actividades juveniles que, sin saberlo, supondría mi adhesión a un mundo que me ha regalado mucho. Los comienzos en CECAP fueron cuando menos convulsos. Obligados a superar una crisis que poco tenía que ver con nuestra actividad, generamos un sinfín de estrategias que han servido como estructura para todo lo que vino después, aunque hubiéramos podido generarlas por otras razones más amables, no nos faltaron las ganas para llegar donde estamos.

De todo lo vivido en estos años, no podría pasar por alto que las familias de los participantes hayan depositado su confianza ciega en nosotros. Madres y padres apostando por una metodología que no estaba exenta de riesgos, los mismos que podían suponer grandes avances para sus hijos pero que no dejaban de ser aterradores. Estoy muy agradecida a esas personas que han querido salir de su zona de seguridad para alcanzar objetivos. Dan ganas de taparse los ojos para no ver la caída cuando quitamos los ruedines de la bici a nuestros hijos, lo complicado es ayudarles a levantarse y animarles a intentarlo de nuevo mientras lloran con sus rodillas ensangrentadas.

Seguimos haciendo lo que hacemos porque nos llena, porque es maravilloso que José Manuel no necesite hablar eslovaco para poder volver al punto de encuentro en un país que no conoce, lo hacemos porque es fascinante que Borja, al que recordamos a diario, pudiera prescindir del leguaje para conseguir lo que quería, lo hacemos porque la resiliencia de Clara es un ejemplo para todos, porque Elena ha descubierto su pasión por la cocina, porque Andrea se pueda mover por todo Toledo si le apetece, porque Irene te cuenta lo que siente y baila que quita el sentío y, en definitiva, porque todos tenemos derecho a una vida digna, a cumplir sueños y a ser felices.

¡GRACIAS!

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